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ISSN 1989-4163

NUMERO 112 - ABRIL 2020

 

Aventuras de Carlos, Aspirante a Agente de Tercera de la DEA - (III) Yakuza

Joaquín Lloréns

Bien es cierto que desde hacía tiempo tenía la esperanza de ser contratado por la DEA. Mi dominio de idiomas, mis habilidades, mis continuos viajes por los más variopintos países, mis variadas relaciones en ellos y mi gusto por la aventura me hacían un candidato perfecto, pero nunca se había dado la ocasión de que mis pasos se cruzaran con un reclutador de la poderosa organización americana. Esa posibilidad hacía que mi renuencia por establecer una relación sentimental seria fuera poderosa, dado que, si fuera un agente, aunque de tercera clase, expondría a mi familia a peligros insospechados.

A pesar de eso, desde mi vuelta de Panamá mantenía una constante comunicación con Svetlana, cuya simpatía y artes amatorias habían provocado una brecha en mis convicciones. Así fue como, al tener un inesperado golpe de fortuna y ganar un buen dinero extra, pensé en aprovechar para encontrarme de nuevo con ella. Tiendo a pensar que en la vida las cosas no ocurren por casualidad, así que cuando mi amigo Fernando me animó a visitar Japón con su mujer nipona, no dudé un solo instante. Llamé a Svetlana y la invité a gastos pagados al viaje. Ella volaría desde Panamá y yo, junto con Fernando y Akiko, desde España, y nos juntaríamos en Tokio. Mi deseable ucraniana aceptó con entusiasmo.

Una vez en Japón, Fernando y Akiko ejercieron de anfitriones hasta la extenuación. Sufrí en carne propia los elevados precios del país y las peculiaridades culinarias del mismo. Aquello de comer un pescado al que se le mantenía vivo hasta que terminabas con él, tenía la maravilla de un arte aún más sofisticado que el del toreo, pero, al igual que ocurre con mucha gente con el arte de la tauromaquia, era difícil de contemplarlo con el asombro que un espectáculo tan singular merecía. El estómago de Svetlana y el mío, tras tres días de tan insólita gastronomía, andaba mareado y solo se estabilizaba tras unos buenos tragos de sake y unas horas de ejercicio en la penumbra del dormitorio de nuestro hotel.

El cuarto día informamos a mi amigo de que pasaríamos la jornada explorando la ciudad por nuestra cuenta. Mi idea era ir al barrio de Shibuya, uno de los más variopintos de la ciudad, lleno de tiendas y restaurantes, y después quería acercarme a conocer el barrio próximo de Dongenzaka, la colina de los Love Hotels, y alquilar alguna de las habitaciones temáticas para un par de horas de pasión con Svetlana. Había leído sobre uno cuya temática era el S&M que estaba deseando ver y Svetlana se había mostrado igual de curiosa e interesada que yo.

Como el día se presumía un tanto aventurero, rechacé la sugerencia de Svetlana de que cogiéramos un taxi.

  • Seamos intrépidos. Usemos el metro. Tampoco será tan complicado.
  • Creo que sería más práctico coger un taxi y no complicarnos la vida.
  • ¿Dónde está tu espíritu aventurero? –pregunté con divertida ironía.
  • Está bien –claudicó dándome un poco de la miel de sus labios.

Pregunté en recepción cómo llegar. Teníamos que coger la línea principal y hacer un único cambio de estación. Cosa de niños.

Bajamos a la estación más próxima y los carteles en inglés nos indicaron el andén que teníamos que usar. Era impresionante el gentío que llenaba los vagones. Svetlana me miraba con un cierto reproche en sus ojos. Unas cuantas paradas después nos bajamos para hacer el cambio de línea. Pero cuál sería mi sorpresa cuando vi que los carteles en inglés habían desaparecido como por ensalmo. Allí no había nada escrito en alfabeto latino. Miré de soslayo a Svetlana y vi como torcía el gesto mientras me preguntaba:

  • ¿Y ahora? ¿Por dónde vamos?
  • No te inquietes. Preguntando se llega a Roma.

Los japoneses son gente extremadamente corteses, pero no abundan los que dominan el inglés. No digamos el español. Comencé a detener viandantes que, sonrientes, me atendían con suma amabilidad pero que acaban soltándome una parrafada en su idioma completamente ininteligible. Tras tres infructuosos intentos, me empecé a poner nervioso pensando en el rapapolvo de Svetlana.

  • ¿Qué hacemos? –quiso saber mi querida eslava.
  • Pues… En último caso salimos a la superficie e intentamos coger un taxi –claudiqué.
  • Como nos entiendan igual que los de aquí, lo tenemos claro.

En ese momento, alguien nos preguntó:

  • ¿Son ustedes españoles?

Nos giramos al unísono y nos encontramos con una peculiar pareja. El que se había dirigido a nosotros con un extraño acento era un tipo bajito, delgado pero fibroso y con aspecto de árabe, vestido de traje y con una mochila lateral. A su lado, un gigantón negro y calvo de mirada neutra, también vestido de traje; aunque por su corpulencia parecía que le venía pequeño. Supongo que no debía de ser sencillo encontrar una tienda de ropa en el que hubiera de su talla.

  • Sí –contesté esperanzado.
  • ¡Qué bien! A Roland y a mí nos encanta el español pero, desgraciadamente, en Tokio no hay muchas oportunidades de hablarlo.
  • ¿Viven ustedes aquí? –pregunté con esperanza.
  • Sí. ¿Tienen algún problema?
  • La verdad es que sí. Nos dirigíamos a Shibuya, pero al cambiar de línea nos hemos encontrado con que todo está escrito en japonés y no entendemos nada.
  • ¿A Shibuya? ¡Qué casualidad! Roland y yo nos dirigimos hacia allí. Será un placer acompañarles.

¡Qué suerte!, pensé para mis adentros y miré a Svetlana como diciendo: ¿Ves como no ha sido tan difícil?

Nos llevaron a un andén y subimos con ellos en el atestado vagón. Durante el viaje nos presentamos de un modo un poco más formal y estuvimos conversando fundamentalmente con Yusuf (Así resultó llamarse el árabe). Por fin llegamos a una estación y subimos a la superficie. Si no era Shibuya, al menos sí que se trataba de una calle muy comercial, así que el objetivo estaba conseguido.

  • Muchas gracias por ayudarnos a llegar –dije a Yusuf dándole la mano.
  • No, no. Nosotros les acompañamos. Así, si necesitan un intérprete, les traducimos lo que haga falta.
  • Muchas gracias, pero no es necesario –intervino Svetlana, algo renuente a seguir con aquella peculiar pareja–. Supongo que tendrán cosas que hacer.
  • No es molestia. Estamos encantados de poder practicar el español. Permítanme que les haga de guía.

A mí me encantó la idea. La verdad es que hasta ese momento no me había dado cuenta de lo desvalido que un occidental se encuentra en ese país en cuanto abandona la protectora zona de los hoteles internacionales. Svetlana, con disimulo, me decía que no con la cabeza, pero era imposible rechazar la amable oferta de Yusuf sin mostrar una gran descortesía, así que comenzamos a pasear los cuatro por la bulliciosa calle. Yusuf siguió abrumándonos con su exagerada amabilidad. Cada pocas tiendas, nos pedía disculpas y entraba en ellas. Al cabo de unos minutos salía con algún objeto de la misma y se la ofrecía a Svetlana.

  • Tome señorita. ¿Lo quiere?
  • No, gracias –contestaba indefectiblemente mi acompañante.

Esa absurda situación se produjo en más de diez ocasiones. Si entrabamos los cuatro en una tienda, mientras Svetlana miraba cualquier prenda, Yusuf se aproximaba al cajero y charlaba con él. A poco que viera a Svetlana interesada en cualquier cosa, se ofrecía de inmediato a regalárselo y ella, sobresaltada por aquella desmedida generosidad, se negaba. Lo cierto es que era muy chocante. ¿Quién sería aquel tipo? Estaba claro que era el jefe de Ronald, pues este permanecía casi mudo y era Yusuf quien tomaba todas las iniciativas y decisiones.

De pronto, un local me llamó la atención. Un montón de japoneses se encontraban sentados en varias largas hileras frente a unas maquinas con una círculo de cristal redondo. Todos tenían una cesta con bolitas plateadas que iban introduciendo una a una.

  • ¿Qué es eso? –pregunté intrigado a Yusuf.
  • Un salón de Pachinko.

Le miré con cara de no entender. Yusuf, desde la calle, me explicó que era una especie de juego nacional que consiste en meter las bolas una por una por un agujero superior e intentar que no caigan por el agujero de abajo, sino por otro de los que hay por en medio. Si cae en uno de estos intermedios, la máquina te da más o menos bolas. Si cae por la de abajo, te quedas sin la bola. Y cuando tienes muchas bolas, las puedes cambiar por un regalo. Me pareció un juego un poco tonto, pero quise experimentarlo.

  • Me gustaría probar –dije a nuestro cicerone.
  • Lamentablemente, tengo prohibido entrar –contestó para mi sorpresa. Más tarde me enteraría que, en realidad, los extranjeros no residentes no pueden entrar. Si son pillados les pueden expulsar del país–, pero… por ustedes lo haré. No creo que pase nada –concluyó con una sonrisa.

Entramos y Yusuf me acompañó a cambiar un poco de dinero por bolas. Durante un rato estuve jugando bajo la atenta mirada de Svetlana, Yusuf y Roland. La verdad es que era un poco complicado evitar que cayera al agujero inferior, pero un par de veces conseguí meterlo en uno de los agujeros intermedios y me salieron un montón de bolitas. Yusuf aplaudió contento:

  • ¡Bien! Premio especial.

Al cabo de diez minutos no quise tenerlos allí aburridos mientras yo jugaba y le pregunté a Yusuf:

  • ¿Con estas bolas tengo derecho a algo?
  • Claro. Vamos –invitó.

Nos llevó adonde los encargados y, tras intercambiar unas palabras con ellos, estos contaron con una máquina la enorme cantidad de bolitas que les había llevado en la cesta y nos ofrecieron varios objetos. Había de todo. Desde mecheros a pequeños electrodomésticos. Al comentarlo al día siguiente a Akiko, la mujer de mi amigo Fernando, esta me explicó que las bolas también se pueden cambiar por unos vales que, en una tienda que siempre hay al lado de los pachinkos, se pueden cambiar a su vez por dinero. En Japón están prohibidos los casinos y, en realidad, los pachinkos son una simpática manera de evitar la ley.

  • Elige algo –ofrecí a Svetlana.

Mi querida acompañante eligió un bonito pañuelo que, según Yusuf era de una seda especial japonesa.

De nuevo en la calle, mientras Yusuf seguía con su extraña manía de entrar en las tiendas y salir ofreciendo sin descanso posibles regalos a Svetlana, nos dimos de bruces con un Mcdonald’s.

  • ¿Entramos? –preguntó con un suspiro Svetlana–. Ya no puedo comer más pescado vivo. Necesito algo normal.
  • Claro –contesté.

Miré a Yusuf pensando que ahí nos despediríamos, pero él dijo:

  • Nosotros comeremos con ustedes.

Y allí entramos. Como era previsible, ante mi insistencia de invitarles a comer –aunque fuera una vulgar hamburguesa– Yusuf se mostró inamovible. Él invitaba y, tras averiguar lo que nos apetecía comer de las fotografías allí expuestas, se dirigió a la cola. Mientras, Roland se sentó con nosotros.

  • Roland… ¿A qué os dedicáis Yusuf y tú?
  • Bueno… –Pareció dudar–. No debería decirlo, pero veo que sois buenas personas. En realidad… –Roland mantuvo un momento un cierto suspense– Yusuf es un recaudador de la Yacuza y yo soy su guardaespaldas.

Noté cómo los pelos de la espalda se me erizaban. Y al ver los ojos desorbitados de Svetlana, comprendí que ella estaba aún más alarmada que yo. Nos intercambiamos una mirada de susto. ¡Llevábamos todo el día junto a un integrante de la mafia japonesa! ¡Cielos! Disimulamos como pudimos durante un rato y, como me imaginaba, cuando terminamos de comer, una fingidamente calmada Svetlana nos anunció:

  • Estoy agotada. Carlos, ¿por qué no cogemos un taxi y volvemos a relajarnos un poco al hotel? Esta noche tenemos cena con Fernando y Akiko, y la familia japonesa de esta, y me agradaría estar descansada.

Sospeché que la recién descubierta actividad de Yusuf y su compañero tenía más que ver con sus ganas de volver que el cansancio, pero me apresuré a poner cara comprensiva.

  • Claro, claro –convino Yusuf–. Nosotros os acompañamos.
  • No es necesario –dije con algo de preocupación por aquella insistencia en no dejarnos–. Basta con que le dé la dirección de nuestro hotel al taxista.
  • Imposible. Quiero estar seguro de que llegan bien.

No nos atrevimos a negarnos, así que nos acompañaron hasta nuestro hotel. Por el camino Yusuf insistió en que nos intercambiáramos los números de móvil por si queríamos volver a verlos durante nuestra estancia. Recé porque esa fuera su única intención y no tuve el valor de darle un número falso por si lo comprobaba en ese momento. Finalmente, no sé si por su extrema amabilidad o por si quería comprobar que realmente estábamos alojados allí, no se despidió de nosotros –siempre con Ronald a su lado– hasta que entramos en el ascensor. Cuando nos quedamos solos al cerrarse la puerta, Svetlana exclamó:

  • Por un momento me he temido que quisiera venir hasta nuestra habitación. ¡La Yakuza! Ves adónde nos ha llevado tu ansia de aventuras. ¡A saber qué quería de nosotros! Y nosotros acompañando a un gánster mientras iba recaudando sus extorsiones por las tiendas.

¡Era verdad! Eso debía hacer en cada tienda en la que entraba. Durante media hora tuve que soportar una auténtica tormenta de reproches, aunque al final, Svetlana se calmó y pudimos tener un buen rato bajo las sábanas antes de acudir a la cena con la familia de Akiko en un restaurante típico. ¡Lástima que nos habíamos sin conocer el hotel del amor! Pero no me había atrevido a pedir a Yusuf que nos acompañara hasta él. A saber qué hubiera pasado.

Epílogo.

Dos años después mi móvil sonó. Cuando vi el nombre en la pantalla, no caí en quién era. Durante mis viajes conozco a gente de tan diversa clase y procedencia que se me pierden en la memoria. Descolgué:

  • Carlos, soy Yusuf, tu amigo de Tokio.
  • Encantado –dije al recordarle de súbito. ¿Qué querría?
  • Veras, tengo un problema y quería pedirte tu ayuda.
  • Tú dirás.
  • Es que tengo una novia colombiana que quiere venir a Japón, pero no le dan visado. ¿Tú le puedes conseguir un pasaporte español? Te pagaré lo que necesites.
  • ¿Un pasaporte español? –pregunté desconcertado.

Como si conseguir un pasaporte falso fuera algo normal.

  • Tú debes de saber a quién hay que pagar para esas cosas.

No es fácil decir que no a alguien de la Yakuza.

 

 

 


 

 

Yakuza 

 

 

 
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